
Conocer algunas de estas prácticas antes de ir te ayudará a encajar mejor, evitar meteduras de pata y, sobre todo, a disfrutar mucho más de la experiencia.
En las próximas líneas vas a encontrar tres costumbres clave de Vietnam que van a sorprenderte como turista.
Costumbres vietnamitas: Puntualidad, tono de voz, trato social y más

En ciertos contextos formales, reuniones de trabajo o citas importantes, los vietnamitas valoran mucho la puntualidad y el respeto al horario. No se mira con buenos ojos llegar tarde a un encuentro oficial, a una visita programada o a una ceremonia religiosa, y se espera que el invitado se tome en serio la hora acordada.
Sin embargo, en el día a día más informal la cosa cambia y aparece una especie de “puntualidad relajada” al estilo latino. Para un café con amigos, una comida familiar o un plan social, los retrasos no son dramáticos y se asumen con naturalidad. Es una mezcla curiosa: rigor en lo importante, flexibilidad cuando se trata de vida social.
En Vietnam, levantar la voz sin motivo se percibe como mala educación e incluso agresividad. Las conversaciones, tanto con desconocidos como entre amigos, suelen desarrollarse con un tono suave, calmado y sin aspavientos. Gritar, discutir a voces o mostrar enfado en público genera rechazo y se asocia a una falta de autocontrol.
Esto encaja con una idea muy arraigada: mantener la armonía social por encima del conflicto directo. Por eso, incluso en desacuerdos o negociaciones tensas, lo habitual es que la gente sonría, hable con calma y trate de evitar confrontaciones abiertas. Para el visitante occidental, puede resultar chocante que en una discusión alguien responda con una sonrisa, pero esa sonrisa suele indicar cortesía, paciencia o aceptación, no burla.

Al poco de conocer a alguien, es muy habitual que te pregunten por tu familia, tu estado civil, si tienes hijos o cómo está tu madre. Desde una mentalidad occidental, esto puede parecer invasivo, pero en Vietnam se interpreta como interés genuino y señal de cercanía. Es su manera de demostrar que se preocupan por ti.
También es muy común el uso de términos familiares para dirigirse a otras personas: “anh” (hermano mayor), “chị” (hermana mayor), “bác” (tío) y muchos otros. Estos apelativos cambian según la edad y la posición relativa, y refuerzan la idea de que la sociedad entera es una gran familia donde cada uno ocupa un lugar concreto en la jerarquía.
Los saludos en Vietnam combinan influencias tradicionales y costumbres modernas, y es fácil meter la pata si no sabes cómo dirigirte a hombres y mujeres o a personas de diferente rango.
En entornos urbanos y situaciones informales, lo más normal es el apretón de manos al estilo occidental, sobre todo entre hombres. Suele ir acompañado de una sonrisa y de una pregunta tipo “¿cómo estás?”. El gesto de llevar la mano a la visera del sombrero o a la gorra es también una muestra de respeto, todavía visible en personas mayores.
En contextos más ceremoniosos, zonas rurales o lugares religiosos, se puede ver todavía la ligera inclinación del cuerpo con las manos juntas a la altura del pecho, similar a otros países del Sudeste Asiático. No es tan frecuente como en Tailandia, pero sigue viva en situaciones de respeto especial.
Con las mujeres, especialmente las de zonas rurales o de edad avanzada, es frecuente que eviten el contacto físico directo. Ante la duda, mejor no ofrecer primero la mano y esperar a que sea ella quien marque la distancia: una sonrisa y una leve inclinación bastan como saludo correcto.

En cuanto a las presentaciones, muchos vietnamitas prefieren que sea un tercero quien introduzca a las personas, en lugar de autopresentarse de forma directa como haría un occidental. La modestia y cierta timidez forman parte del código social, y llegar diciendo tu nombre y quién eres sin que nadie te presente puede verse un poco atrevido.
El nombre vietnamita suele seguir el orden apellido – segundo nombre – nombre de pila, justo al revés que en países hispanos. Por ejemplo, lo que nosotros llamaríamos “Juan Pablo García” en formato vietnamita se parecería a “García Pablo Juan”.
En el trato cotidiano, rara vez se utiliza el apellido en solitario. Lo respetuoso es usar un título (Sr., Sra., Srta.) o el equivalente vietnamita seguido del nombre propio. Si una persona se llama Hau Dinh Cam, Hau sería el apellido, y lo correcto sería referirse a ella como “Señorita Cam” o el título local que corresponda, sobre todo si hay terceras personas presentes.
Saltarse los títulos y usar directamente el nombre, sin más, solo es apropiado en contextos muy informales o cuando la otra persona te lo pide explícitamente. De lo contrario, puede sonar demasiado íntimo o incluso algo arrogante, como si no reconocieras la distancia social o la edad.
En un entorno profesional o con funcionarios, se valora especialmente llamar a las personas por su cargo: doctor, teniente, diputado, profesor, etc.. Esa forma de dirigirse refuerza el respeto a la jerarquía, un valor clave en la cultura vietnamita, muy influida por el confucianismo.
Una de las cosas que más desconcierta al visitante es la famosa sonrisa vietnamita, que no siempre significa alegría. En muchas situaciones, una sonrisa puede expresar incomodidad, vergüenza, preocupación o incluso sumisión ante una regañina. No es raro que alguien sonría cuando le has señalado un error, no porque le haga gracia, sino por respeto y para no agravar el conflicto.
Otro rasgo llamativo es que mucha gente evita mirar directamente a los ojos a una persona de rango superior o muy respetada. Esta falta de contacto visual no indica desconfianza, sino cortesía tradicional: mirar fijamente a un superior puede interpretarse como falta de respeto o desafío.
En general, los vietnamitas rehúyen las formas demasiado directas. Decir un “no” tajante resulta brusco, así que es muy corriente responder con un “sí” ambiguo o con fórmulas evasivas que, en realidad, significan que no es posible. Si además planteas preguntas en negativo (“No parece que vaya a llover, ¿verdad?”), puedes generar malentendidos, porque la lógica de la respuesta puede chocar con la nuestra.
Para evitar confusiones, es mejor hacer preguntas sencillas, en positivo y sin dobles negaciones. Si la respuesta es un “sí” pronunciado con cierta duda, una sonrisa algo tensa o silencios prolongados, es probable que en realidad te estén diciendo que no.
También hay ciertos gestos a evitar: señalar a alguien con el dedo, cruzar los brazos delante del pecho mirando por encima del hombro o usar un tono sarcástico. Todos esos comportamientos se perciben como faltas de tacto en una cultura que prioriza el respeto y la armonía.
Etiqueta básica para turistas: lo que debes y no debes hacer

Antes de viajar, conviene tener claros algunos gestos sencillos de cortesía que marcan una gran diferencia en la forma en que te perciben los locales.
- Dar y recibir siempre con ambas manos, sobre todo dinero, regalos o tarjetas de visita, denota respeto.
- Quitarse los zapatos al entrar en casas, templos y, a veces, en negocios tradicionales es prácticamente obligatorio.
- Vestir de forma discreta en pagodas y templos (hombros y rodillas cubiertos, sin sombrero ni gafas de sol dentro) es una norma básica.
- No tocar la cabeza de nadie, ni siquiera de los niños, ya que se considera la parte más sagrada del cuerpo.
- No señalar con los pies a personas, estatuas o altares, porque se percibe como ofensivo.
En espacios religiosos se espera que mantengas un tono de voz bajo, movimientos tranquilos y respeto a quienes están rezando. Hacer fotos a altares y ceremonias es posible en muchos lugares, pero conviene preguntar antes o fijarse en los carteles.
Las demostraciones públicas de afecto intensas, como besos apasionados o abrazos muy efusivos en plena calle, no son habituales fuera de las grandes ciudades. En áreas rurales pueden verse con incomodidad, así que mejor mantener cierta discreción.
Un detalle práctico: el regateo es parte del juego en mercados y puestecillos, pero se hace con buen humor, sin perder los papeles ni presionar en exceso. Si el precio no te convence, sonríe, da las gracias y vete; no es una guerra, es una negociación amable.
Comidas, palillos y hospitalidad vietnamita

La comida es uno de los grandes puntos de encuentro en Vietnam y una forma privilegiada de acercarse a la vida cotidiana y a las relaciones familiares. Más que platos individuales, lo normal es compartir muchas fuentes en el centro de la mesa.
Si te invitan a comer en una casa o en un banquete, los alimentos se sirven en grandes cuencos comunes de los que cada uno toma pequeñas porciones y las lleva a su cuenco individual de arroz. Coger la comida directamente del cuenco central a la boca con los palillos se considera de mala educación.
El uso correcto de los palillos tiene también algunas normas muy claras. Nunca debes clavarlos verticalmente en el arroz, porque recuerda a las varillas de incienso en los altares funerarios. Cuando no los uses, déjalos apoyados en el borde del plato o sobre un pequeño soporte.
En una comida tradicional, se suele esperar a que la persona de mayor edad o rango empiece a comer para que el resto la siga. Ofrecer comida a los demás antes de servirse a uno mismo es una muestra de respeto muy apreciada.

Por cortesía, se valora que el invitado pruebe un poco de todo y no rechace abiertamente lo que le sirven, a menos que haya un motivo de salud. Terminar lo que tienes en el cuenco indica que has comido bien; sin embargo, dejar un pequeño resto al final de un banquete puede interpretarse como señal de que ha habido comida suficiente.
En las visitas breves, si te ofrecen té, lo educado es aceptar al menos una pequeña taza, aunque no seas muy fan o tengas dudas con el agua. Es un gesto simple que muestra gratitud por la hospitalidad y abre muchas puertas.
Viajar por Vietnam significa convivir con esta mezcla constante de motos esquivando peatones, ancianas con ao dai impecables, niños desfilando con farolillos, novios que honran a sus ancestros y jóvenes que comparten todo en redes. Entender sus costumbres —desde cómo saludar hasta cómo cruzar la calle o qué hacer cuando te sirven un té— permite disfrutar mucho más del país y descubrir un lugar donde la tradición no es un museo, sino algo vivo que se reinventa cada día.
