
Edimburgo es de esas ciudades que, cuanto más caminas, más capas le vas quitando. Tras los escaparates de la Royal Mile, los museos repletos de turistas y los pubs a rebosar, se esconde una ciudad mucho más Ãntima, hecha de jardines ocultos, patios silenciosos, callejones misteriosos y pequeñas historias que casi nunca salen en las guÃas.
Si te apetece ir un poco más allá de los tópicos, esta guÃa está pensada para ti y para quienes buscan ciudades para conocer en invierno. Aquà vas a encontrar los rincones más secretos de Edimburgo: desde jardines que parecen sacados de un cuento hasta cementerios olvidados, decorados del Lejano Oeste, museos rarunos y closes donde todavÃa se habla de fantasmas.
Rincones secretos y poco conocidos de Edimburgo
Más allá de los monumentos de postal, Edimburgo está llena de pequeños tesoros: calles residenciales que conservan el aire victoriano, restos de estaciones fantasma, bloques de viviendas con estética de castillo y arcos que eran la puerta de antiguos mercados. Muchos de estos lugares están a unos minutos a pie del centro, pero pasan desapercibidos para la mayorÃa de visitantes.
Un buen ejemplo es el viejo arco del Stockbridge Market, escondido entre St Stephen Street y Hamilton Place. El mercado original cerró en 1906, pero la entrada sigue en pie, con la inscripción que promete carne, pescado, fruta y aves. Hoy, si la cruzas, no llegas a ningún puesto de comida, sino a una calle residencial tranquila, de esas donde apetece vivir y olvidarse por un rato del bullicio del centro.
Algo parecido ocurre en Fountainbridge, un barrio que se ha transformado por completo. Entre edificios modernos, aparece de pronto el arco del Edinburgh Meat Market, el antiguo mercado de carne inaugurado en 1884 para alejar mataderos y ganado del casco histórico. Del complejo original solo queda esa puerta de piedra, testigo de cuando esta zona olÃa más a establo que a oficinas.
Otro vestigio curioso del pasado es el arco verde y rojo que verás junto al hotel Caledonian, en el extremo oeste de Princes Street. Parece una puerta sacada de un Chinatown, pero en realidad es uno de los pocos restos de la Princes Street Station, la estación ferroviaria que ocupaba este lado de la avenida y que fue demolida en 1970. El hotel Balmoral, en el otro extremo, sà conserva la relación directa con la estación de Waverley, pero aquà solo queda este arco como recuerdo.
Si te gustan las vistas diferentes, acércate a Ramsay Garden, en la Old Town. Es ese bloque de viviendas de fachadas blancas y torrecillas puntiagudas que se ve desde Princes Street como si fuera un castillo colgado en la roca. Desde la Royal Mile se accede por unas escaleras muy fotogénicas, pero lo mejor es llegar hasta el fondo de la calle y asomarse a los patios traseros, donde se aprecia mejor el conjunto de casas, antiguas residencias de estudiantes y hoy en dÃa apartamentos privados de lo más exclusivos.
Calles pintorescas, mews y decorados insólitos
Edimburgo es un paraÃso si te gusta perderte por calles bonitas. Además de las archiconocidas Victoria Street o Circus Lane, la ciudad está llena de callejuelas residenciales con casitas bajas, fachadas de colores y antiguos establos reconvertidos en viviendas que apenas visitan los turistas.
Uno de los ejemplos más encantadores es Glenisla Gardens, en el barrio de The Grange, al sur de la ciudad. Es una callecita tranquila de casas adosadas con fachadas de colores, flores por todas partes y un silencio que contrasta con el ruido del centro. Ideal para imaginar cómo debe de ser vivir en un Edimburgo de postal, con jardÃn delantero y bicicleta apoyada en la puerta.
Muy cerca, en la zona de Morningside, se esconde un rincón que parece una broma: un decorado del Lejano Oeste en mitad de un callejón. Son unas fachadas de madera que imitaban edificios del Far West para una antigua tienda de muebles y que hoy sobreviven, un poco desvencijadas, como una rareza urbana. No son el sitio más «bonito» de la ciudad, pero sà de los más curiosos.
Otro grupo de calles que enamora son los llamados mews, antiguos establos y cocheras que se han convertido en casitas de dos plantas con puertas anchas y ventanas diminutas. El más famoso es Circus Lane, en Stockbridge, pero si quieres algo más tranquilo, acércate a Belford Mews, muy cerca de Dean Village. Allà encontrarás una hilera de casas con aire de pueblo, casi sin gente y con la sensación de haber descubierto un secreto bien guardado.
Si sigues explorando, verás que la ciudad está plagada de closes y patios interiores con una estética muy particular. En la Royal Mile, por ejemplo, se abre Chessel’s Court, un patio de vecinos del siglo XVIII donde el ruido de la calle desaparece al instante. Además de pequeños jardines comunitarios, allà encontrarás una puerta flanqueada por una planta recortada en forma de corazón, uno de esos detalles mÃnimos que hacen que Edimburgo enganche.
Jardines secretos y oasis de calma
Uno de los tesoros mejor escondidos de Edimburgo son sus jardines ocultos. Muchos surgieron en el siglo XVII, cuando la aristocracia compró solares sin edificar en Canongate (extremo este de la Royal Mile) para crear espacios verdes privados donde escapar del hacinamiento de la Old Town. Siglos después, varios de esos jardines se recuperaron gracias a asociaciones vecinales y hoy forman una red de oasis a pocos pasos de las calles más transitadas.
En la propia Royal Mile tienes varios ejemplos magnÃficos. En Trunk’s Close, un callejón que aparentemente no tiene nada especial, si caminas hasta el final encontrarás un jardÃn circular muy tranquilo, con la estatua del urbanista y botánico Patrick Geddes, responsable de buena parte de la regeneración de la Old Town, y una escultura de un gallo con gafas que hace de guardián silencioso del lugar.
Un poco más adelante está el jardÃn de Dunbar’s Close, quizá el más sorprendente. Diseñado al estilo de un jardÃn del siglo XVII, está dividido en parterres geométricos, con hierbas aromáticas, flores y pequeños árboles que recrean la vegetación de la época. Si subes los diferentes niveles, descubrirás rincones escondidos entre setos altos, bancos discretos y una paz que cuesta creer estando tan cerca del Parlamento y del palacio de Holyrood.
En la parte trasera de Clarinda’s Tea Room, un salón de té clásico de Canongate, se abre otro patio-jardÃn diminuto, pero lleno de color. Es uno de esos espacios que casi parecen extensión natural de la cafeterÃa: macetas, flores trepando por las paredes y mesas donde apetece alargar la tarde con un té y un scone mientras fuera sigue el trasiego de turistas.
Más al oeste, muy cerca de Arthur’s Seat, se esconde uno de los jardines más especiales de la ciudad: el Dr Neil’s Garden, en Duddingston. Creado en 1963 por los doctores Andrew y Nancy Neil, está al borde del lago Duddingston, en un barrio que parece un pueblo independiente. Senderos entre árboles, flores por todas partes y bancos frente al agua convierten este lugar en el clásico «jardÃn secreto» al que solo llegan los que se salen del circuito turÃstico habitual.
Si quieres combinar naturaleza y vistas, sube a Blackford Hill, la colina que se alza muy cerca de Glenisla Gardens. Desde arriba obtendrás una de las panorámicas más completas de Edimburgo, con el castillo, Arthur’s Seat y la New Town a tus pies. Y, si te apetecen más rincones verdes, acércate al Kyoto Friendship Garden, el jardÃn japonés del castillo de Lauriston, en Silverknowes. Entre puentes, linternas de piedra y arces, tendrás la sensación de haber cruzado medio mundo sin salir de la ciudad.
RÃos, pozos milagrosos y barrios con alma de pueblo
Uno de los paseos más agradables de la ciudad sigue el curso del Water of Leith, el rÃo que atraviesa Edimburgo de oeste a este. Desde el barrio de Balerno hasta Leith, una senda peatonal recorre orillas boscosas, viejos molinos y puentes de piedra que hacen olvidar por momentos que estás en una capital.
Cerca de Stockbridge, en medio de la vegetación, aparece el St Bernard’s Well, un pequeño templo circular neoclásico que protege un manantial. Según la leyenda, San Bernardo llegó enfermo a Edimburgo en el siglo XII y recuperó la salud tras beber de estas aguas. El manantial cayó en el olvido hasta que fue redescubierto, y durante un tiempo se convirtió en lugar de peregrinación para quienes buscaban curas milagrosas. Un noble agradecido por sus supuestos poderes encargó el elegante templete que vemos hoy.
Si continúas caminando por la orilla del rÃo, llegarás a Dean Village, antiguo pueblo de molineros reconvertido en uno de los barrios más bonitos de la ciudad. Casas de piedra rojiza, tejados empinados, puentes estrechos y un silencio que contrasta con la cercana New Town hacen que muchos lo definan como «un pueblecito dentro de Edimburgo». No dejes de asomarte a los miradores sobre el Water of Leith y a los pequeños callejones que suben hacia las GalerÃas Nacionales de Arte Moderno.
Algo más abajo, siguiendo el curso del rÃo hasta su desembocadura, se encuentra Leith, el puerto histórico. Además de bares y restaurantes frente al agua, esconde joyas poco conocidas como Trinity House, un elegante edificio que fue sede de la hermandad de marineros y hoy funciona como museo marÃtimo. En sus salones encontrarás desde instrumentos de navegación hasta colmillos de narval, aunque para visitarlo suele ser necesario reservar con antelación.
Y si lo que buscas es mar abierto, basta con subirte a un autobús urbano y plantarte en la playa de Portobello en menos de media hora. Arena clara, paseo marÃtimo, cafés mirando al Firth of Forth y, con un poco de suerte, algún dÃa soleado de esos que los locales aprovechan como si fuera pleno agosto mediterráneo, con crema solar y toalla bajo el brazo.
Cementerios, leyendas y la Edimburgo más oscura
Edimburgo no serÃa Edimburgo sin sus cementerios, leyendas de fantasmas y historias de muerte y peste. Buena parte de la identidad de la ciudad se apoya en esos relatos oscuros que se cuentan en tours nocturnos y que, en muchos casos, tienen una base histórica sorprendentemente sólida.
Uno de los camposantos más impresionantes es el de la Parish Church of St Cuthbert, a los pies del castillo, junto a los Princes Street Gardens. Entre lápidas cubiertas de musgo, cuervos graznando y la silueta del castillo al fondo, el ambiente es de pelÃcula. El cementerio está siempre abierto, y la iglesia puede visitarse en horario limitado. Desde una esquina concreta se obtiene una de las vistas más fotogénicas del castillo enmarcado por las tumbas.
El cementerio de Greyfriars es todavÃa más famoso. Allà se entremezclan la tumba del legendario perro Greyfriars Bobby, que pasó años vigilando el enterramiento de su dueño, con mausoleos asociados a fenómenos paranormales, como el de Sir George Mackenzie, apodado «Bloody Mackenzie».
En el sur de la ciudad, semioculto tras una tapia, se encuentra el Sciennes Jewish Burial Ground, el primer cementerio judÃo de Edimburgo, en uso entre 1816 y 1867. Son solo 29 tumbas, con inscripciones en hebreo y pequeñas piedras colocadas sobre cada lápida, como marca la tradición judÃa. Hoy está cerrado al público, pero se puede ver desde la calle, y justo enfrente una placa recuerda el único encuentro documentado entre Sir Walter Scott y Robert Burns, dos gigantes de la literatura escocesa.
Los tours de fantasmas suelen llevarte también a Calton Hill y a cementerios como el de Calton, donde descansan figuras como el filósofo David Hume, o al Edimburgo subterráneo del Real Mary King’s Close. Este conjunto de callejones y viviendas del siglo XVII quedó sepultado cuando se construyó el Ayuntamiento, y se mantuvo congelado en el tiempo hasta su reapertura como atracción. Durante la visita, guiada siempre, se recorren habitaciones minúsculas, historias de peste y anécdotas de vecinos que, según cuentan, todavÃa no han abandonado del todo el lugar.
Por si fuera poco, en la Universidad de Edimburgo existe una cátedra de parapsicologÃa, reflejo de la fascinación local por los fenómenos paranormales. No es extraño: entre closes como el Blackfriars o el Cunningham’s, donde se habla de monjes y mujeres llorando, y plazas como Grassmarket, escenario de ejecuciones públicas, la ciudad ofrece material de sobra para creer en fantasmas.
Arquitectura secreta, universidades y museos singulares
Otra forma de descubrir el lado menos obvio de Edimburgo es fijarse en sus edificios escondidos, facultades con patios de pelÃcula y museos raros que pasan desapercibidos para la mayorÃa. A muy pocos metros de la Royal Mile, por ejemplo, se alza el New College, sede de la School of Divinity de la Universidad. En su patio interior, con la estatua del predicador John Knox a un lado y la aguja de The Hub asomando de fondo, es imposible no pensar en Hogwarts.
Cerca de allÃ, en The Mound, se esconde la iglesia de Mansfield Traquair, conocida como la «Capilla Sixtina de Edimburgo» por los impresionantes murales que la artista Phoebe Anna Traquair pintó entre 1893 y 1901. Hoy el edificio se usa sobre todo para bodas y eventos privados, pero en ocasiones abre al público y permite contemplar paredes y techos cubiertos de figuras, colores intensos y escenas bÃblicas de una calidad que sorprende incluso a los poco amantes del arte sacro.
Si te va lo cientÃfico-macabro, Edimburgo es tu sitio. El Surgeons’ Hall Museum, el museo del Colegio de Cirujanos, reúne una colección de órganos y tejidos en formol, herramientas quirúrgicas antiguas, instrumental odontológico primitivo y piezas que muestran la evolución de la medicina. No es recomendable para estómagos sensibles, pero quienes se animan suelen salir fascinados. Muy cerca, el Anatomical Museum de la Universidad expone cuerpos y preparaciones anatómicas, además de objetos relacionados con criminales históricos.
Entre esos criminales destaca William Burke, uno de los dos famosos «ladrones de cuerpos» que, junto a su socio Hare, asesinaban a personas pobres para vender sus cadáveres a la facultad de medicina. Burke fue ejecutado y su cuerpo se destinó precisamente a fines anatómicos: su esqueleto y su máscara mortuoria pueden verse en la universidad, y existe incluso una cartera hecha con su piel, un recordatorio escalofriante de hasta dónde llegó esta historia.
En el ámbito literario, los fans de Robert Louis Stevenson pueden pasar por la casa donde se crió, en Heriot Row, identificada con una placa. Y quienes disfrutan buceando en la historia económica y filosófica tienen tumbas de referencia repartidas por la ciudad: Adam Smith en Canongate, Thomas de Quincey en otro sector de la ciudad, o la oveja clonada Dolly, disecada en el Museo Nacional de Escocia.
Closes, cafés, pubs y otros secretos urbanos
Los closes (callejones estrechos que conectan la Royal Mile con patios y niveles inferiores) son una mina de lugares curiosos. Algunos destacan por su estética, como Advocate’s Close, con vistas encuadradas del monumento a Scott; Lady Stair’s Close, que conserva una atmósfera medieval muy marcada; o White Horse Close, un patio de casitas blancas y tejados de pizarra que parece un decorado histórico.
Otros closess son famosos por su lado más oscuro. En Cunningham’s Close se habla de la presencia de una mujer que llora, mientras que en Blackfriars Close, antiguo monasterio de frailes negros con iglesia subterránea, abundan los relatos de apariciones. Sumados a los subterráneos del Mary King’s Close o a los patios interiores del Castillo, forman un entramado de historias que alimentan la fama de Edimburgo como «ciudad embrujada».
La ciudad también tiene su punto friki. En Victoria Street, considerada inspiración del Callejón Diagon de Harry Potter, encontrarás la tienda Museum Context, un paraÃso para fans de la saga, con varitas, túnicas, bufandas y decoración que recuerda a la tienda de Ollivanders. No muy lejos, en Candlemaker Row, la tienda Black Moon Botanica vende velas, inciensos, cartas de adivinación, runas y todo tipo de objetos esotéricos, aprovechando la cercanÃa del cementerio de Greyfriars.
En el terreno más mundano, Edimburgo es un paraÃso cervecero, con unos 700 pubs, muchos de ellos con cerveza propia. Bares como The Hanging Bat, BrewDog Cowgate, Bow Bar, Holyrood 9A o pequeñas joyas de barrios como Stockbridge tap sirven cervezas artesanas escocesas de marcas locales como Caledonian, Innis & Gunn, Belhaven o Stewart Brewing. Y, para los amantes de los sabores intensos, las patatas fritas con la inevitable combinación de sal y salsa de vinagre y brown sauce son casi una institución.
No faltan tampoco cafés con encanto, como Sir Walter’s Café, junto a los East Princes Street Gardens, perfecto para sentarse frente al skyline de la Old Town; o salones de té clásicos como Clarinda’s Tea Room, ideal para una tarde de scones y pasteles entre muebles antiguos.
Y para comer algo tÃpico, restaurantes como Scotts Kitchen, sobre las galerÃas de Victoria Street, permiten probar el haggis con vistas privilegiadas a una de las calles más bonitas de la ciudad.
Todo este mosaico de jardines escondidos, cementerios con historias, calles de colores, museos singulares, curiosidades culinarias, supersticiones y pequeños gestos cotidianos es lo que convierte a Edimburgo en una ciudad con mil capas: puedes venir por el castillo y la Royal Mile, pero son estos rincones secretos y costumbres locales los que hacen que, cuando te marches, tengas la sensación de haber conocido de verdad su alma.
















